El 80% del correo que recibo va directo a la basura, propaganda sin interés. Un 5% son facturas que también recibo en el buzón. Un 7% son alertas de redes sociales o listas de correo, un 3% de los mensajes me los envío yo misma desde otras cuentas a modo de recordatorio. Otro 3% son odiosas presentaciones reenviadas sin ningún criterio y sólo el 2% de lo que cae en mi bandeja de entrada es lo que yo estaba esperando.
Sin embargo, ni un sólo email me ha llegado por equivocación y mira que es fácil equivocarse al teclear una letra y poner en marcha el mecanismo con el que arranca “Contra el viento del norte”, el último libro de Daniel Glattauer traducido a 28 idiomas. Por norma general los betsellers me producen alergia pero el tema de este libro era demasiado tentador: cómo se generan, alimentan y evolucionan las relaciones personales a través del correo electrónico.

contra el viento del norte

A modo de hiperresumen diré que el libro nos da acceso al archivo de mensajes de dos personas, Emmi y Leo, que inician un intercambio de correos por error y terminan construyendo una relación online que absorbe cualquier otra relación offline que tengan. Sin llegar a verse en ningún momento y, más sorprendentemente, sin googlearse nunca, desarrollan una intensa dependencia a su bandeja de entrada.
El tema del intercambio epistolar no es nuevo en la literatura pero el contexto digital lo transforma todo. Los dos protagonistas no se encuentran porque no quieren romper la magia del email. Deducen los rasgos de su carácter e incluso físicos únicamente a través del contenido de sus mensajes, del intervalo de tiempo que transcurre entre un correo y su respuesta, de la forma de escribir, de las palabras y expresiones empleadas, del uso de los puntos suspensivos, de las fórmulas de despedida elegidas. Son muchas capas superpuestas por encima del significado y el significante a los que estamos acostumbrados, y estas capas tejen una red que los atrapa por completo.
Entrar  y salir de ella se hace cada vez más difícil, el tiempo vuela delante del ordenador encadenando mensajes, perdemos la cuenta de las veces que consultamos nuestro correo en el móvil y nuestra mayor preocupación es que que la otra persona nos contacte.
Internet nos está enseñando una dimensión digital de las emociones en la que aún no sabemos manejarnos. Si la invención de la escritura y la capacidad para leer provocaron una transformación en nuestros cerebros, las relaciones digitales pueden suponer una revolución semejante.
Existen hoy en día personas que tienen más éxito online que offline, personas a las que “se les da bien escribir” y consiguen activar sensaciones que permanecerían dormidas si se pusieran a hablar. La irrupción de lo digital ha creado, o quizás simplemente haya puesto de manifiesto, la incapacidad de algunas personas para relacionarse con otras cara a cara. A mi entender, esto legitima la expresión de “lo real” para referirnos al mundo físico porque le otorga a esta dimensión la última palabra en las relaciones humanas. Si el entorno digital crea espacio para las ensoñaciones y la imaginación, su combinación con el mundo físico lo aniquila.
Un ejemplo: las redes de contactos en las que dos personas pueden sentirse atraídas por sus perfiles digitales y empezar a sentir algo a partir del intercambio de emails pero cuando llega el momento del encuentro la mayoría de las veces desaparece la magia. Es la realidad.
“Contra el viento del norte” hace auténticos malabarismos para evitar el choque de ambos mundos. Abre pequeñas rendijas entre ambos, como los mensajes grabados en el contestador, o el juego de coincidir en un mismo local a ver si son capaces de poner cara a los mensajes recibidos, pero no permite a los protagonistas pasar de allí. Y es una pena, porque el poder de la emoción digital sólo se revela cuando se contrasta con las emociones desecadenadas en un encuentro cara a cara, al escuchar la voz, ver los gestos y hacer las miles de lecturas de lo físico en las que sí que estamos entrenados.
Más allá de las discusiones sobre lo idiotas o lo inteligentes que nos hace Internet, nuestras proyecciones digitales están creciendo y empiezan a cobrar una dimensión emocional que todavía nos cuesta incorporar a nuestra vida porque en muchos casos no queremos que pasen de ahí, del mundo digital, y eso es algo que aún nos cuesta mucho comprender.

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