El estilo es una disciplina, o al menos así lo define Edith Wharton en Escribir ficción. Sus reflexiones tienen lugar dos décadas antes de que Raymond Queneau comenzara a escribir sus Ejercicios de estilo (1947) inspirado en la música de Bach.

Partiendo de una trivial anécdota cotidiana en un autobús, Queneau escribe 99 variaciones estilísticas de la misma historia. Cada una de estas variaciones responde a una restricción  para forzar al autor en la exploración de los límites del lenguaje y la reflexión sobre su uso.

Queneau combina ejercicios de retórica clásica con juegos mecánicos de supresiones y permutaciones, ironiza sobre los diferentes registros del lenguaje y da rienda suelta a nuevas formas de transformación basadas en estructuras matemáticas.

Las variaciones aritméticas aplicadas a la literatura fueron uno de los pilares del Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle) fundado en 1960 por Queneau y François Le Lionnais. Decía Lionnais que:

“Toda obra literaria se construye a partir de una inspiración (…) obligada a acomodarse, mejor o peor, a una serie de coerciones y procedimientos contenidos unos dentro de otros como muñecas rusas. Coerciones como el vocabulario y la gramática, como las reglas de la novela (división en capítulos, etc.) o de la tragedia clásica (regla de las tres unidades), coerciones de la versificación general, coerciones de las formas fijas (como en el caso del rondel o del soneto), etc.”

La coerción es el bastón que marca el paso en cada uno de los ejercicios de Queneau. El efecto de someter la misma historia a distintas restricciones genera nuevas creaciones, con mayor o menor sentido, pero capaces de mostrarnos el efecto que tiene la elección del estilo en la historia representada.

El estilo, volviendo a Edith Wharton, es lo que dota a las historias de una calidad propia. En Ejercicios de estilo podemos comprobar el efecto provocado por la selección del autor a la hora de dar forma a la historia. El escenario que el lector recrea en su cabeza cambia al leer “Vacilaciones”, “Precisiones” o “Carta oficial”. La obra en la que se enmarcaría la anécdota trivial de Queneau cambiaría drásticamente en función del estilo elegido a la hora de contarla.

La disciplina necesaria para repetir una y otra vez la misma historia pasando por distintas formas de narración es lo que confiere al escritor su cualidad estética y el poder de transmitir su idea de manera precisa.

Fuera del mundo de la escritura, dentro de la generalidad de la creación, la disciplina en la elaboración de un proyecto es imprescindible para conseguir esa cualidad estética que resulta de la adecuación de forma y contenido. Por esta razón los Ejercicios de estilo de Queneau rebasan los límites de la literatura y sirven de inspiración para cualquier campo en el que la creación, la tangibilización de las ideas, quieran trascender la fachada y la impostura de lo meramente aceptable.

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