Barbery, M. (2007). La elegancia del erizo. Barcelona: Seix Barral.

La belleza, el arte, la literatura, la filosofía, los arquetipos sociales, el pensamiento oriental, Tolstoi, los pequeños placeres de la vida, todo ello se da cita en la obra de Muriel Barbery, una francesa profesora de filosofía que construye el relato en torno a los personajes del número 7 de la calle Grenelle, un inmueble burgués de París.

Os presento a sus inquilinos más notables:

Renée Michel

Me llamo Renée. Tengo cincuenta y cuatro años. Desde hace veintisiete, soy la portera del número 7 de la calle Grenelle, un bonito palacete con patio y jardín interiores, dividio en ocho pisos de lujo, todos habitados y todos gigantescos. Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tumba de espaldas. No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante. Vivo sola con mi gato, un animal grueso y perezoso, cuya única característica notable es que le huelen las patas cuando está disgustado.

Paloma Josse

En lo que a mí respecta, tengo 12 años, vivo en la calle Grenelle, número 7, en un piso de ricos. Mis padres son ricos, mi familia es rica y por consiguiente mi hermana y yo somos virtualmente ricas.[…] da la casualidad de que soy muy inteligente. Excepcionalmente inteligente, incluso. (…) Como no me apetece mucho llamar la atención, y en una familia en la que la inteligencia se considera un valor supremo a una niña superdotada no la dejarían nunca en paz, en el colegio trato de hacer menos de lo que podría, pero aún así siempre soy la primera en todo.

Kakuro Ozu

El nuevo es un señor de unos sesenta años, muy presentable y muy japonés. Es más bien bajito, delgado, con un rostro lleno de arrugas pero de expresión clara. Toda su persona irradia amabilidad, pero yo percibo también decisión, alegría y fuerza de voluntad.

Y algunas de sus perlas:

Ser pobre, fea y, por añadidura, inteligente, condena en nuestras sociedades a trayectorías sombrías y desengañadas a las que más vale resignarse lo antes posible. A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad.

No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez ya no estás porque y aestás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo.

(no estará hablando de Duchamp?)

(…) Porque lo bello es lo se coge en el momento en que ocurre. Es la configuración efímera de las cosas en el moment en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte. Ay, ay, ay, me he dicho, ¿quiere esto decir que así es como uno tiene que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desaparición?. Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.

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