Hace años un amigo me reveló su estrategia de lectura, “la lectura en cascada” la llamaba, y consistía en enlazar un libro tras otro a partir de las referencias que los escritores incluían en sus relatos. Si el libro que tenía entre manos mencionaba en algún momento un autor o una obra, esta se convertía en la siguiente de su lista de lectura.

En aquel momento mi estrategia era la de visitar librerías, curiosear lo que mis amigos leían, consultar los suplementos culturales o esperar a los regalos de Navidad en los que nunca han faltado libros. Así que los criterios de elección eran una portada, la confianza en los gustos de otra persona o la seducción de una buena reseña. Los resultados eran bastante irregulares, de esa época conservo libros de los que no me importaría desembarazarme pero supongo que en eso consiste el proceso de configuración del gusto, en dejarse llevar por el método prueba-error.

Con el tiempo se incorporaron a mi “sistema” los criterios de la editorial (Acantilado me ha dado grandes alegrías) o de año de nacimiento del autor. Creo que lo copié de una entrevista a algún escritor que había decidido no leer nada escrito por alguien nacido antes que él. Yo opté por buscar autores que hubieran nacido en mi mismo año y el resultado fue excelente, Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny resultó ser una maravilla (y casualmente también está publicado por Acantilado).

A partir del libro de Quiriny recuperé la estrategia de mi amigo, la de lectura en cascada. El prólogo lo firmaba Vila-Matas así que el siguiente libro fue una obra suya: “Perder Teorías”. En ella hablaba de Julien Gracq, un autor que yo creía salido de la imaginación de Vila-Matas hasta que me topé con un libro suyo en una incursión a una librería. El libro en cuestión era al que tanto hacía referencia Vila-Matas en su ensayo así que no dudé en comprarlo.

Unas semanas antes, otro amigo me había hablado del relato de Herman Melville, “Bartleby el escribiente”, que me devolvía a Vila-Matas a través de su recopilación de escritores del No recogida en “Bartleby y compañía“. Esta obra-diario, en la que también se menciona la novela de Gracq, se ha convertido desde entonces en el punto de inicio de mi lectura en cascada. “El mar de las Sirtes” me dejó aturdida, hacía años que no cerraba un libro y sentía ganas de aplaudir, que no me sentía tan pequeña ante alguien capaz de crear un relato sobre la irrealidad de una guerra dormida, la miopía del poder decrépito y la ceguera del aburrimiento secular en manos de una mujer incómoda que susurra al oído de la juventud buscando un lugar en la historia.

Vila-Matas no podía haberse estrenado mejor como fuente de lectura en cascada.

Sin embargo, la costumbre de consultar los suplementos culturales no me ha abandonado aunque se haya simplificado enormemente y ahora se limite al Babelia que publica El País los sábados. Los libros de Houellebecq y el de Shteyngart vienen de esta cascada de naturaleza completamente distinta.

Como apuntaba Vila-Matas en un artículo reciente, los motivos por los que una novela reciente se coloca en el escaparate de la actualidad cultural no son siempre literarios.

Entre tantas incertezas, una certitud parece que está arraigando peligrosamente entre nosotros: no se concibe una novela recién publicada que no permita un titular de prensa ligado a la más rabiosa actualidad periodística.

La actualidad de la temática se convierte en ocasiones en motivo suficiente para la recomendación de una obra. Es la única explicación que le encuentro al tropiezo de incluir el libro de Shteyngart en un número de Babelia dedicado al futuro del libro con la irrupción de los formatos electrónicos. El aperitivo de la novela ofrecido por el periódico era, para mi gusto, irresistible. El libro ya es otra cosa. Tras una oportunidad de 200 páginas, muchas más de las que hubiera concedido a cualquier otro libro que me hubiera empezado a aburrir tan pronto como este lo hizo, desistí de seguir leyendo a este autor que en varias ocasiones me recordaba más a un comediante norteamericano que a un escritor que pudiera aproximarse mínimamente a sus predecesores en mi lista.

Respecto al libro de Houellebecq, reconozco haberme llevado una grata sorpresa y haberme quitado unos cuantos prejuicios de encima. El ejemplar que compré está ahora lleno de subrayados, anotaciones y páginas con las esquinas dobladas señalando los hitos de un desperdigado mapa de la extraña personalidad de este autor que se autorepresenta a través del narrador, del protagonista, de su inclusión como personaje, de las alusiones puestas en boca de terceros o de la descripción del retrato que el protagonista le regala a su personaje en la novela.

Así es que, a la vista de los resultados de tan inexacto experimento de localización de recomendaciones literarias, este otoño me quedo con la cascada de Bartleby y compañía para ver si sigue la racha de descubrimientos.

Para el invierno todavía se admiten recomendaciones…

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