La calidad, la innovación, el emprendizaje, la creatividad, el pensamiento de diseño… como en muchos otros sitios en la economía también hay modas, cazatendencias y futurólogos que nos avisan de qué será el próximo gran movimiento para el cual tendremos que estar preparados, mental y materialmente. Yo también quiero jugar a los pronósticos y reivindicar un ingrediente que falta en la mayoría de cosas que hacemos: el cariño, joder, el cariño.

Existen mil condicionantes que determinan nuestras decisiones a lo largo de un proyecto, profesional o personal, lo mismo me da. Pero el cariño, el amar lo que haces, el hacerlo de tal manera que lo ames, eso lo vamos relegando a conversaciones, a deseos, a las letras de los libros. Con cariño se cuida cada detalle de un trabajo, la relación con el resto del equipo, con el cliente que te pide el trabajo, con el responsable que te pide cuentas, que también te las tiene que pedir con cariño. Eso no significa convertir nuestro entorno en un tarro de miel empalagosa sino acabar con la peor parte del legado fabril e industrial que aún nos encorseta e impregna los resultados de nuestro trabajo o ¿acaso no distinguís las cosas hechas con cariño?. Y no se trata de hacerlas bien o mal. Se trata de hacerlas con alma o sin ella. Pero ya se sabe, la economía es racional, analítica. Un poco a regañadientes ha dejado más espacio a lo intuitivo otorgando un nuevo papel a la creatividad. Eso sí, convertida en un proceso secuencial con sus herramientas y procedimientos y con un nuevo nombre: pensamiento de diseño. Se ha humanizado a la fuerza por lo que la web social ha terminado por imponer: la conversación. Pero el cariño, ah! Eso es otra historia y yo creo que será la siguiente.

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