Hoy hace una semana que se inició el Festival de San Sebastián, la 55 edición para ellos y la 2 para mí. En esta segunda ocasión aprendimos de nuestros errores y nos programamos un fin de semana de cine con el inestimable apoyo de google calendar -qué bien estaría incluir una funcionalidad semejante en la página web del festival del próximo año ahora que la han mejorado tanto-. Y es que esta vez no quisimos dejar nada en manos del azar porque ya pudimos comprobar el año anterior que el sistema de ‘découvert’ comprando las entradas para el mismo día no funciona: si quedan entradas es por algo.

No puedo quejarme del resultado, excepto por una de las películas que resultó ser bastante floja, seguramente por la comparación con el resto y no tanto por la propia película.

A pesar de que el viernes pasado deberiamos haber empezado con Control, la expectación que desató esta película hizo que a las pocas horas de ponerse a la venta, las entradas para la sesión del viernes estuvieran agotadas :(

La siguiente en nuestro calendario era 4 meses, 3 semanas y 2 días, un auténtico peliculón. Además de la crudeza del tema (si aún no lo sabéis y pensáis ver la película, quedaos como estáis, el guión se saborea mucho mejor), me impactaron los diálogos, tan creibles que aún tengo mis dudas sobre si estaban escritos o se improvisaba sobre la marcha, porque a los actores (especialmente a las actrices que son las dueñas de la película) les sobraba talento. Podría estar hablando horas sobre las escenas y el modo de filmar esta película, no puedo negarlo, me entusiasmó.

El sábado se presentaba duro para aquellos que no estamos acostumbrados a ver más de dos películas una misma tarde, así que aprovechamos la mañana para darnos un homenaje en el balneario de la Perla, en la playa de la Concha, un par de horitas entre burbujas y disfrutando de las vistas que te dejan como nuevo. Después todo fluye, incluso cuando Donosti está lleno de gente y resulta complicado hasta coger un pintxo.

La primera película de la tarde fue El Asaltante, ópera prima de un director argentino que después de haber visto la rumana nos supo a poco. La historia era maja, entretenida, pero había demasiados flecos en el guión y algunos de los personajes. La idea hubiera sido perfecta para un corto.

Después, el primer contacto con el cine nórdico dentro del ciclo de ”la fiebre helada”. De nuevo pleno al quince, nos tropezamos con otra gran película. Der brysomme mannen, o the nordic way of life, como la denominaron los franceses. El descubrimiento de esta película es semejante al que se vive después de leer Un mundo feliz. En este caso no hay soma pero parece que todos los personajes, menos el protagonista y otro habitante de los bajos fondos, se hubieran atiborrado a la pastillita. Un misterioso agujero que despierta sus sentidos les demuestra que ese no es un mundo feliz. Todo narrado con una gran atención al sonido, y a la ausencia de éste, a la asepsia que va invadiendo cada rincón de la vida. Otro aspecto que me encantó fue la cuidadísima puesta en escena, muchos fotogramas de esta película son para enmarcarlos en la pared, se puede disfrutar sólo con la composición de muchas escenas. Pero toda esa belleza, ese cuidado, no trasmiten más que vacío, de hecho, el descubrimiento de los protagonistas está unido a la suciedad, al sudor, al polvo. Todo es tan perfecto en esta cuidad, cuyo nombre no revelaré porque es un guiño del guión, que incluso las escenas con vísceras -porque las hay- resultan tan absurdas que el público no podía evitar reirse al verlas. Lo dicho, otro gran descubrimiento.

La noche la rematamos con la película de Cronemberg, Promesas del Este, un relato duro y también con vísceras, aunque estas no hacía ninguna gracia. Una historia muy trepidante, muy bien hecha, con un Viggo Mortensen convertido en un auténtico ruso, pero que no aportaba nada nuevo, al menos para mí.

El domingo tocaba una de animación, o más bien una de porno duro real y videoclips que se aprovechaba de todo lo que la animación podía ofrecer. De nuevo los nórdicos de ”la fiebre helada”, esta vez daneses, nos dejaron clavados en el sillón con Princess , una historia que trata un tema tan espinoso como es la producción de películas porno y todo lo que se genera y mueve a su alrededor. No me imagino está historia sin el apoyo de la animación. Si la hubieran grabado por completo con imágenes reales a mí personalmente me hubiera resultado insoportable (además de que algunas cosas serían ilegales..). El tema, ya he dicho, es peliagudo y más de una crítica lo ha tratado como una historia reaccionaria con este tipo de industria. Yo me guardo mis opiniones personales sobre el tema pero no cabe duda de que el experimento de mezclar distintos lenguajes expresivos audivisuales, el utilizar la animación para representar una realidad y las grabaciones caseras para representar la otra, tampoco dejan indiferente al espectador.

Y para terminar, no quiero olvidarme de una de las mejores partes del festival: las divagaciones nocturnas. En la divagación del sábado, mientras intentábamos identificar cuál sería la película de la década que más habría influido en el cine posterior, la más revolucionaria (salió Dogville), acabamos preguntándonos por el sentido del cine, el uso y la finalidad de las películas -un clásico-. Recojo la de uno de los divagadores de la noche porque me convenció con su teoría sobre una película que nunca había llegado a entender: 2001: una odisea del espacio. En su opinión, el cine (igual que otras expresiones artísticas) es existencialismo, no ofrece respuestas, tan sólo se cuestiona, se hace preguntas porque no entiende la existencia. En la película de Kubrick, los primeros 15 minutos sólo se ven monos, como viven más o menos en armonía hasta la aparición de un gigante monolito que parece desatar la violencia. Después de eso, la película (de 1968) da un salto hasta el 2001 y termina de nuevo con la aparición del monolito que de nuevo marca el inicio de los conflictos en la historia. Este objeto (para mí un auténtico misterio y que no entendí en ningún momento) era para mi compañero la ignorancia, impenetrable, lo que el cine se cuestionaba, el sentido de la existencia. La ignorancia destaba la violencia -se podía entender- y el cine, que se cuestiona la existencia, intenta huir de esa ignorancia.

En fin, esta última película tiene interpretaciones múltiples, nosotros no somos filósofos y no hay que olvidar que el último párrafo es una divagación de sabádo por la noche, pero sin ella el 55 Zinemaldia no hubiera sido lo mismo.

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